Una luz que se apaga
Esa luz se llama Argos. Es mi perro, con el que vivo desde hace catorce años. Dicen que ya está viviendo gratis. Puede ser, pero me encanta que sea así. Hasta ahora no sufrió; se le ve más viejito, aunque por su cara parece que el tiempo no deja huella: sus ojos, uno azul y otro marrón, siguen teniendo la misma mirada; sus orejas, pequeñas y erguidas, conservan el terciopelo, que tanto me gusta acariciar; su boca sigue sonriendo muchas veces,...cada vez menos. Su cuerpo es el que empieza a fallar: sus patitas traseras apenas lo sostienen; todavía puede andar; pero le cuesta trabajo mantenerse en pie y a veces se cae. Desde ayer hay que ayudarlo a levantarse; permanece tumbado mucho tiempo y su expresión, por momentos, es triste. Aun así, a ratos busca sus juguetes: tres zanahorias iguales de goma son los que más le gustan; fueron sus regalos de otras tantas navidades.
Recuerdo cuando llegó a casa con tres meses. Al principio no se separaba de mí, estaba asustado y parece que yo le inspiraba confianza. Después ya se adaptó y demostró su cariño a todos y cada uno de los que estamos con él.
Sus saltos eran espectaculares; parecía que su ágil y estilizada figura se suspendía en el aire durante unos segundos; sus carreras llamaban la atención de niños y mayores. Nosotros, su familia, lo contemplábamos con alegría y orgullo; alegría que se convertía en enfado cuando su natural desobediencia nos hacía perseguirlo durante horas: era él quien nos controlaba de lejos, como riéndose de las enseñanzas que tratábamos de darle.
En cierto modo, me admiraba esa independencia y falta de sumisión combinadas con la fidelidad y el amor incondicional, que siempre demostró.
Argos, mi perrito, lucharemos por ti; pero no dejaremos que sufras.

