Maltrato incomprendido
Se escondía de todos y de sí misma. El dedo acusador de los demás y el suyo propio no dejaban de señalarla, lo que aumentaba el sufrimiento por el que pasaba desde hacía tiempo y no le permitía reaccionar. Los rincones eran su refugio y ocultar su rostro era su expresión más habitual e instintiva. Sólo así se sentía a salvo de las miradas inquisitivas, de las palabras inculpadoras y de los gestos desdeñosos, aunque no podía desprenderse de sus sentimientos personales.
El dolor, el miedo, la vergüenza...la paralizaban.
Y ella no había dañado a nadie; sólo había aguantado palizas, insultos y humillaciones: ésa era su única culpa, con la que cargaba su frágil espalda como un pesado fardo, cada vez más abultado por la incomprensión de los demás.

