Sombra de mujer
Las lágrimas derramadas a lo largo de varios años dejaban huella en sus profundos ojos azules, ahora apagados por la tristeza y el dolor; su sonrisa había desaparecido por completo de su expresivo rostro y un abatimiento general se había apoderado de aquella mujer activa, de la que ya no quedaba rastro. Sólo el ruido de la llave en la puerta transformaba ese estado en otro de nerviosismo y miedo.
No todos los días eran malos, no: a veces no oía gritos, a veces no oía quejas, a veces no oía insultos,... incluso, a veces oía una invitación a salir o algún que otro comentario agradable. En estas ocasiones él le recordaba a aquel hombre atractivo, amable y apasionado que había conocido. Cierto que ya no presumía ante sus amistades de su compañía ni tenía detalles como los de antes. Por eso, sólo era un recuerdo, aunque prefería verlo como producto de esa rutina a la que suelen llevar las relaciones largas.
No podía concretar cuándo había empezado su calvario. El primer año de matrimonio fue bueno, si bien- pensándolo ahora- ya presentaba atisbos de lo que llegó a ser: entre veladas divertidas, paseos placenteros, noches ardientes y tardes tranquilas se mezclaban momentos de celos infundados, de complejos inconscientes, de irritaciones caprichosas y de reproches inmerecidos.
Al principio protestaba y se sumergían en estériles discusiones; después, optaba por callar para que reinase la paz; era todo lo que deseaba.
Se iba alejando cada vez más de su familia y amistades, porque a él le desagradaban: sutilmente le demostraba su molestia por una u otra razón y ella no estaba cómoda, así que eligió el bienestar de su pareja. También dejó sus aficiones: los libros que leía a él le parecían ridículos, o al menos, eso decía; ante sus pinturas esbozaba una sarcástica sonrisa que hablaba por sí sola; a sus manualidades no les prestaba atención o simplemente las cambiaba para otro lugar menos visible. Tampoco valoraba su trabajo, al que consideraba falto de responsabilidad, rutinario y simple; ni las tareas del hogar, en las que apenas colaboraba.
Se preguntaba por qué no se percató de todo eso hasta hace relativamente poco tiempo y la respuesta la encontraba en la astucia de su esposo para sentirse superior subestimando a los demás.
Ella era inteligente, pero estaba ciega por el amor que le despertaba ese hombre, y sus atenciones posteriores la seducían, aunque éstas no duraron mucho; pero ya estaba atrapada: mermada su autoestima, anulada como persona y mujer, no podía ya tomar decisiones sin consultarle a él. Su imagen ante sí misma era la de una inútil incapaz de hacer algo bien. Y así, con esa inseguridad, temió sus llegadas a casa, por si algo no le gustaba, y sus quejas consiguientes, que pronto se convertirían en palabras hirientes y ofensivas
¿Por qué soportaba ese martirio?. Tuvo esperanzas de que cambiase, se esforzó en ello; pero todo esfuerzo resultó vano. Ya abría los ojos, ya empezaba a ver la cruda realidad; pero no se atrevía a cortar esa relación que tanto daño le estaba causando: ¿cómo decírselo?, ¿cuál será su reacción?, ¿a dónde iré?, ¿qué haré después?, ¿cómo me quedaré?... Se debatía entre preguntas y contradicciones, entre dudas y recuerdos,...
Sabía que algunos pensaban que lo tenía merecido, ya que era ella la que debía poner fin a esa situación. Sí, sólo ella podía hacerlo y se sentía culpable por permitir que continuase. Llegó a sentir lástima de sí misma y también rabia.
"¿Y si tiene razón y yo lo desilusioné por mi forma de ser, por ser demasiado exigente demandándole atenciones?", "tal vez me merezco esto por no haber sabido comprenderlo".
Su cabeza era un torbellino de ideas y necesitaba pensar con claridad. El hecho de quedarse sin hacer nada, de dejarlo todo como estaba, le producía una fuerte desesperación y el hecho de acabar con su marido le producía extrañeza y miedo.
Se miraba a sí misma y no se encontraba. ¿En dónde estaba aquella joven ilusionada, y llena de vida?. Él la había matado. Una lágrima asomó a sus ojos llorando la pérdida de la muchacha que ella quería. No, no estaba muerta; agonizaba, y debía salvarla.


